BIOGRAFÍA DE SANTOS ESPAÑOLES


Pedro Poveda Castroverde
presbítero, mártir.
Fundador de la Institución Teresiana

Nació en Linares (Jaén) el 3 de diciembre de 1874. Ordenado sacerdote en 1897 en Guadix (Granada). Allí sirvió a los habitantes de las cuevas. Nombrado canónigo de la basílica de Santa María de Covadonga en 1906 donde  permaneció siete años. Comenzó proyecto de preparar profesores cristianos laicos para evangelizar.

Instituyó academias para estudiantes y centros pedagógicos. Funda la "Institución Teresiana" en 1911 la cual recibe aprobación pontificia en 1924. Fue profesor del seminario de Jaen y se trasladó en 1921 a Madrid, donde continuó trabajando con los educadores y los más necesitados.

Durante la persecución comunista contra la Iglesia en España, optó por la no violencia. Decía: “la mansedumbre, la afababilidad, la dulzura son las virtudes que conquistan al mundo”.  A la vez, manifestó su deseo de vivir la fe hasta la entrega de la propia vida.

El 27 de julio de 1936, cuando acababa de celebrar la Eucaristía, fue detenido en su casa de la calle de La Alameda de Madrid. No ocultó su identidad y dijo: “Soy sacerdote de Jesucristo”. Unas horas después, al ser separado de su hermano, que le había acompañado, le dijo: “Serenidad, Carlos, se ve que el Señor, que me ha querido fundador, me quiere también mártir”. A la mañana siguiente una profesora y una joven doctora de la Institución Teresiana encontraron su cadáver junto a la capilla del cementerio de La Almudena. En su pecho aparecía, atravesado por una bala, el escapulario de la Virgen del Carmen. Murió mártir por la fe el 28 de julio de 1936, a los sesenta y un años de edad. Trasladaron su cadáver a la sacramental de San Lorenzo, donde recibió sepultura el día 29.

Fue beatificado el 10 de Octubre de 1993. Su cuerpo se venera en la Casa de Espiritualidad de la Institución Teresiana de Los Negrales (Madrid).

MAXIMAS DEL PADRE POVEDA

Cristo es para nosotros camino, verdad y vida. Camino por donde hemos de ir al Padre, camino único, fuera del cual no podemos caminar. Llegar al término, sin pasar por el camino, es imposible. Cristo es la verdad. Verdad sustancial, increada, eterna. Conociendo a Cristo se conoce toda la verdad, se está libre de todo error, de toda ilusión, se saben apreciar las cosas según lo que valen. Cristo es vida. En Él está la vida, separados de Él no podemos tenerla, cuando nos falta Cristo estamos muertos. Esta vida no es como la del mundo, caduca y transitoria; es eterna.

Los hombres y las mujeres de Dios son inconfundibles. No se distinguen porque sean brillantes, ni porque deslumbren, ni por su fortaleza humana, sino por los frutos santos, por aquello que sentían los apóstoles en el camino de Emaús cuando iban en compañía de Cristo resucitado a quien no conocían, pero sentían los efectos de su presencia.

Las manifestaciones de vida en todos los órdenes, moral, intelectual y, hasta físico, las apreciamos siempre por la intensidad de la vida Eucarística. Porque es preciso para mantener la vida del espíritu que seamos perseverantes en la recepción del pan de vida, así como para conservar la del cuerpo hay necesidad del alimento cotidiano. En suma, si la obra que realizamos es de apostolado, si el fin es sobrenatural, si la vida que llevamos es del mismo orden, necesitamos de un alimento, de un sustento proporcionado, y este alimento es el cuerpo y la sangre de Cristo.


Sí, el Maestro dice a sus discípulos: La paz os dejo, mi paz os doy; pero añade: no os la doy como la da el mundo. Su paz es orden, armonía, gracia; es compatible con los dolores, amarguras y persecuciones; existe aun cuando todo se conjure contra sus discípulos; es la paz del alma, del corazón, de la conciencia, del cumplimiento del deber, de la razón que estima y aprecia en su justo valer las cosas, de la fortaleza que se mantiene intrépida en la lucha, que no es vencida por halagos, ni por amenazas. De aquí que Cristo añadiera a sus últimas palabras referidas: No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.


Habéis de trabajar, orar, sufrir, como si todo el fruto dependiera de vuestro esfuerzo, pero persuadidos de que ni el que planta es algo, ni el que riega; que nada podréis por vosotros mismos; que Dios es el que da el fruto. A Él habéis de encaminar toda la gloria, a Él debéis referirlo todo, de Él debéis esperarlo todo. Lejos de vosotros la vanidad, la presunción y hasta la satisfacción, si veis el fruto. Mirad que todo es de Dios; temed arrebatarle la gloria que le pertenece. Tened sólo un anhelo; que toda la gloria sea para el Señor, cuyo es el fruto, cuya es la virtud, la potencia, la eficacia.

Así ha de ser vuestra vida: toda de Dios. Pero siendo de Dios toda, ha de distinguirse por su carácter eminentemente humano, el cual, informado por una vida toda de Dios, se perfecciona, pero no se desnaturaliza.

Vida henchida de Dios. Sí; del Dios que hizo lo humano para perfeccionarlo y no para destruirlo.

Yo quiero, sí, vidas humanas; pero como entiendo que estas vidas no podrán ser cual las deseamos si no son vidas de Dios, pretendo comenzar por henchir de Dios a los que han de vivir una verdadera vida humana..

La Encarnación bien entendida, la persona de Cristo, su naturaleza y su vida dan, para quien lo entiende, la norma segura para llegar a ser santo con la santidad más verdadera, siendo al propio tiempo humano con el humanismo verdad.

ORACION

Señor Dios nuestro,
que elegiste a san Pedro Poveda,
presbítero, mártir y fundador
de la Institución Teresiana,
para promover la acción evangelizadora
de los cristianos en el mundo
mediante la educación y la cultura,
concédenos, por su intercesión,
imitar su constancia en anunciar
y testimoniar el evangelio
y su fortaleza en confesar la fe.
Te pedimos por su intercesión
nos concedas el favor
que deseamos alcanzar.
Por nuestro Señor Jesucristo.
AMEN



José María Rubio
Sacerdote jesuita
Fiesta: 4 de mayo

Nació en Dalías (Almería) el 22 de Julio de 1864. Estudió en los Seminarios de Granada y Madrid. Ordenado sacerdote en Madrid en 1887. Fue asignado a las parroquias de Chinchón y Estremera. Posteriormente fue profesor del Seminario de Madrid y capellán de las Monjas Bernardas.

Destacó por su dedicación al sacramento de la penitencia

Daba catequesis a niñas pobres, en las “escuelas dominicales”, se dedicaba a los pobres y a la vez dirigía continuamente tandas de ejercicios espirituales. Pasaba muchas noches en oración. Quienes le veían celebrar la Misa decían: “Parece que habla con alguien”.

En 1904 peregrinó a Roma y Tierra Santa. Le impresionaron para siempre las dos visitas. De Roma, el Papa Pío X, las catacumbas y la tumbas de Pedro y Pablo y de Jerusalén, el Santo Sepulcro y el Calvario.

Siendo sacerdote diocesano secular, tenía una gran admiración por la Compañía de Jesús. Se llamaba a sí mismo “jesuita de afición”. Toda su vida se centraba en “cumplir la voluntad de Dios”. El 11 de octubre de 1906 entró en el noviciado de la Compañía de Jesús de Granada. Hizo sus primeros votos el 12 de octubre de 1908 y permaneció otro año en Granada para profundizar en sus estudios teológicos mientras a la vez predicaba misiones populares y daba tandas de ejercicios espirituales. Seguidamente trabajó en obras apostólicas diversas y atendía el confesionario de la iglesia y la predicación.  Era exigente pero siempre con dulzura. Hizo suyo el dicho de S. Francisco de Sales: “Se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre”.

Hizo en Manresa (Barcelona) su “tercer año de probación” y después fue destinado a Madrid donde el 2 de febrero de 1917 emitió sus votos perpetuos. Desde entonces Madrid fue el campo de su intenso apostolado. Vivía en la residencia jesuítica de la calle de La Flor y era buscado y requerido por todo el mundo. Con sotana y roquete, la cabeza ligeramente inclinada, destellaba tal bondad que atraída sobrenaturalmente.

No utilizaba la retórica como otros, sin embargo sus sermones atraían a la gente y convencía porque vivía lo que predicaba. Repetía como lema: “Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace”. Hizo misiones populares en pueblos de Madrid. Vivió una temporada de escrúpulos pero eso no le impidió dedicarse a promover obras de apostolado. Adquirió fama de santidad en todo  Madrid.

Intentó fundar “los discípulos de San Juan” e incluso fue sometido a un registro policial acusado de crear un nuevo instituto religioso. Cuando los superiores le prohibieron esta actividad, lo aceptó de buena forma diciendo: “No busco más que cumplir la santísima voluntad de Dios”. También le removieron de su cargo de Director de las Marías de los Sagrarios y de un Boletín del Sagrado Corazón. Su respuesta: “Debo ser tonto. No me cuesta obedecer”.

Había que permanecer más de tres horas en la fila para confesarse con él. Atendía a todos por igual, lo mismo a ricos y a pobres. Gozaba de dones místicos e incluso de gracias especiales sobrenaturales, como el don de profecía y de videncia. Comprobaron estar a la vez y a la misma hora en el confesionario y visitando a un enfermo. Escuchaba íntimamente llamadas de socorro a distancia y hasta el aviso de una madre fallecida para ir a atender a su hijo incrédulo.

Anécdota: Un día de carnaval, un grupo de comparsa le había preparado una trampa, llamándolo a una casa de citas para administrar los últimos sacramentos a un enfermo. Uno de ellos, en la cama se hacía pasar por moribundo para que se rieran los demás y dar ocasión de fotografiar al Padre Rubio en esta ocasión “ridícula”. Al entrar él en el prostíbulo con intención de atender al enfermo, descubrió que estaba realmente muerto. Fue tal la impresión que dos de aquel grupo se hicieron religiosos poco después.

Ejerció su ministerio pastoral con una dimensión social en los suburbios más pobres de Madrid, en especial el de La Ventilla, donde los movimientos revolucionarios encendían a la clase obrera. Fundó escuelas, predicó la Palabra de Dios y fue formador de muchos cristianos que morirían mártires durante la persecución religiosa en España.

Su testamento, en una charla a las “Marías de los Sagrarios”, fue el de exhortar a realizar una “liga secreta” de personas que vivieran la perfección en medio del mundo, promoviendo así una forma de consagración que más tarde se concretaría en los institutos seculares.

Presintió su propia muerte y hasta llegó a despedirse de sus amigos. A finales de abril de 1929, viéndolo debilitado por su intenso trabajo y por su dolorosa enfermedad, los superiores lo transfirieron al noviciado de Aranjuez para que reposara. Allí, después de haber roto por humildad sus apuntes espirituales, decía: “Señor, si quieres llevarme ahora, estoy preparado”. “Abandono, abandono”. A los tres días después de su llegada, el 2 de mayo de 1929, en una butaca dijo: “Ahora me voy” y expiró por una angina de pecho. En todo Madrid no se hablaba de otra cosa: “¡Ha muerto un santo!”. Miles de personas asistieron a su funeral y entierro. Sus restos fueron inhumados en el cementerio del mismo noviciado, pero en 1953 fueron trasladados a la nueva Casa Profesa de Madrid.

Fue beatificado en Roma por el Papa Juan Pablo II el 6 de octubre de 1985, sus reliquias están en una Casa de la Compañía, en el claustro junto a la iglesia parroquial del Sagrado Corazón y San Francisco de Borja, Maldonado, nº 1, y su memoria litúrgica se viene celebrando el 4 de mayo.

MAXIMAS DEL PADRE RUBIO

Mi deseo es santificarme donde y como el Señor disponga
Lo mejor, lo más provechoso, lo más consolador será lo que Dios quiera, y a la hora de la muerte el mayor consuelo vuestro y mío será el pensamiento de haber cumplido la voluntad santísima de Dios...
Yo no me muevo sino por cumplir lo que sea gusto de Dios.
Es posible en este destierro comunicarse con Dios infinito... Yo sé que quien esto no creyere no lo verá por experiencia, porque es muy amigo de que no pongan tasa a sus obras.
La verdadera unión se puede muy bien alcanzar con el favor de Nuestro Señor, si nosotros nos esforzamos en procurarla. Con no tener voluntad, sino atada con lo que fuere la voluntad de Dios.
Contemplad la humanidad santa de Jesucristo y, mediante ella, subid a la divinidad. Meditad las virtudes de Jesucristo y desead practicarlas; y no sólo esto, sino trabajad para conseguirlas. Habréis vaciado primero el corazón y después os habréis llenado de Dios, y Dios obrará en vosotros maravillas.
¿Cómo vamos a poder pensar en otra cosa si, aunque no queramos, tropezaremos con Él en todo? ¿No ve que lo llena todo y en todo está trabajando por usted y por mí?
Te encargo que siempre tengas como base de tu conducta el cumplir fielmente la ley de Dios y los mandamientos de la Santa Iglesia nuestra madre. Procura que en tu casa se rece en familia y que tus hijos vean a sus padres practicar la religión, no a medias, sino en todas las cosas. Es la mejor herencia que puedes dejarles. De todo lo mucho que nosotros debemos a nuestros padres, cuya vida conserve el Señor muchos años, el mayor beneficio ha sido educarnos cristianamente y Dios les premiará este bien que nos han hecho. Procurad rezar el Rosario a la Virgen y no olvides que quien a Dios tiene nada le falta, sin hacer caso de cómo piensan otros, pues bien sabes que hay muchas cabezas destornilladas.
Al final de la vida nos queda la santidad.



Genoveva Torres Morales
Religiosa, virgen, fundadora de la Congregación de las Hnas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles (Angélicas)
Carisma: aliviar la soledad de las personas que, por diferentes circunstancias, viven solas y necesitadas de cariño, de consuelo, de amor y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu.
Fiesta: 4 de enero
Nació en Almenara (Castellón) el día 3 de enero de 1870. Era una familia de humildes labradores y ella era las mas pequeña de 2 varones y cuatro niñas. Su padre, José, murió cuando ella tenía un año. En el transcurso de seis años, ella, su madre y un hermano, vieron cómo morían los otros cuatro hermanos. La madre, Vicenta, murió cuando tenía ocho años.
Se quedó con su hermano el mayor, de dieciocho años, y ella tuvo que hacer desde niña de “ama de casa”. Es así que maduró muy rápido.

No pudo asistir muchos años a la escuela pero si a la catequesis parroquial. Fue confirmada en 1877. Para hacer la primera comunión, sin poder tener su traje y sin darle importancia alguna a lo exterior, se confesó, se puso en la fila de las personas que iban a comulgar y recibió al Señor. Ya ahí le nació su profundo amor a la Eucaristía.

Ella y su hermano pasaron gran estrechez económica. A sus diez años tomó afición por la buena lectura, leyó los libros que había dejado su madre en casa. En uno de ellos leyó que había que hacer siempre la voluntad de Dios, pues para eso estamos en este mundo. Y esta máxima se le quedó grabada para toda su vida.

El trabajo, la mala alimentación y los escasos cuidados le acarrearon un tumor maligno en la pierna izquierda y, al presentarse la gangrena, tuvo que serle amputada cuando tenía tan solo trece años. Fue operada en su misma casa, sobre la mesa de la cocina, con métodos casi rudimentarios, pues hasta se rompió el aparato para evitar la hemorragia. Tuvieron que atarle la pierna por el muslo, pero en forma tan deficiente que sería causa de dolores durante toda su vida. Todos esperaban ya su muerte pero se repuso y volvió a las tareas domésticas con la ayuda de dos muletas, ya siempre compañeras inseparables.

Por circunstancias familiares fue internada en el orfanato “Casa de la Misericordia” de Valencia, donde pasó nueve años. Sentía una especial devoción a la Eucaristía y al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen María y a los Santos Ángeles. Ayudada por el capellán del centro, don Carlos Ferris, más adelante jesuita, allí progresó en su experiencia espiritual profunda que le llevó a pedir su entrada en las Carmelitas de la Caridad, que regentaban la casa. Las veía y le parecían “ángeles”. Pero no fue admitida por causa de su minusvalía. Desde ese momento no cejó en buscar cuál era la voluntad de Dios sobre ella.

Se fijó en un acuciante problema que aquejaba a muchas mujeres en los comienzos del siglo XX: la soledad. Por distintos motivos familiares quedaban abandonadas. Ella, que estaba abierta a ver en los acontecimientos la mano de Dios, captó esta necesidad y empezó el embrión de lo que sería el futuro instituto religioso. Comenzó con dos compañeras, difíciles de carácter, a recoger en la casa a distintas personas necesitadas. Con su paciencia y caridad Genoveva pudo soportar aquella situación, viviendo de su trabajo de costura y bordado. Enseguida se les quedó pequeña la casa y tuvieron que ir buscando hogares más amplios pues la necesidad era más grande de lo que a primera vista podría parecer. Genoveva pensó entonces especialmente en promover la vela de la adoración eucarística nocturna.

Desde su salida de la “Casa de Misericordia” en 1894 hasta 1911, su vida podría compararse con la peregrinación por el desierto en busca de la voluntad de Dios. “Me puse en las manos de Dios para cuanto pudiera querer de mí con voluntad firme de no resistirme en nada de cuanto de mí exigiera, costara lo que costara”. El día 2 de febrero de 1911 en Valencia, con la indicación del canónigo José Barbarrós sobre unas señoras y señoritas solas y cargadas de sufrimiento, y con la consulta al P. Martín Sánchez, S.J., que le dio su aprobación personal, fundó la primera “Casa Hogar”, constituyendo la Sociedad Angélica que daría origen al instituto de Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles con el carisma y misión de “aliviar la soledad de las personas que, por diferentes circunstancias, viven solas y necesitadas de cariño, de consuelo, de amor y de cuidados en su cuerpo y en su espíritu”. Genoveva fue nombrada directora. Así, remediaba un problema social: amparar la soledad. Pero sus fundaciones no serían sólo “casas” sino también “hogares”, para que las personas que vinieran amueblaran la habitación a su gusto con el fin de que su desarraigo fuera menor, ya que podían llevar consigo las cosas de mayor afecto personal.

La sociedad fue erigida como “Pía Unión” en 1912 y el primer reglamento data de 1914. En ese mismo año fundó otra casa en Zaragoza, en la calle del Pilar, aconsejándose del P. Martín Sánchez, SI; en 1914 en Madrid y, poco a poco, en Bilbao, Barcelona, Santander y Pamplona. En 1925 la Pía Unión fue reconocida en Zaragoza como Instituto religioso de derecho diocesano por el Arzobispo Doménech y emitieron ante él sus votos la Madre Genoveva, nombrada Superiora General, y otras dieciocho religiosas. El decreto de aprobación como instituto religioso de derecho pontificio sería dado por Pío XII en 1953.

En tiempos de la república y de la guerra civil, algunas de las casas tuvieron que padecer la persecución religiosa, quedando la mayoría devastadas, mientras que la Madre Genoveva infundía paz y esperanza en todas sus Hermanas. En las casas de Zaragoza y Valencia se pudo dar protección a otras personas, miembros de institutos religiosos y seglares, puesto que la Madre Genoveva tenía un corazón abierto para todas las personas y actividades de la Iglesia, con un espíritu de servicio asombroso. Fue reelegida Superiora General en los capítulos de 1935, 1941 y 1947. Retirada de su cargo en 1954, supo convertirse en religiosa siempre obediente a la nueva Madre General.

Todas las casas empezaban por el “Sagrario”, “porque estando Jesús en casa nada temo” y de esta forma imprimió en sus religiosas una nota característica de su espiritualidad: la adoración-reparación a la Eucaristía. Desde ese fundamento las Angélicas desplegarían su apostolado con las tres notas que la Madre Genoveva dejó plasmadas en sus constituciones: espíritu de humildad y sencillez que busca sólo a Dios en todas las cosas, espíritu de obediencia con la abnegación del propio juicio a la voluntad de Dios en las disposiciones de los superiores y espíritu de caridad, que engendra en las Hermanas el ardor apostólico por la gloria de Dios y la salvación de las almas. La palabra más repetida en sus escritos es “amor”: “Que sólo el amor me impulse a obrar”. “Que tu puro amor mueva todas mis acciones”. “Nada es pesado para el que ama”. “Dios merece ser servido con fidelidad y amor”. “El amor nunca dice basta”.

A finales de 1955 su salud había decaído considerablemente. El 30 de diciembre tuvo un ataque de apoplejía y recibió los últimos sacramentos. Todavía pudo comulgar en la madrugada del 4 de enero de 1956 y en esa mañana entró en coma. A los ochenta y seis años de edad, el 5 de enero de 1956 falleció en Zaragoza. El pueblo comenzó a llamarla “Ángel de la soledad” y así sigue reconociéndola.

El Instituto de Hermanas, llamadas comúnmente “angélicas”, están extendidas por España, Italia, México y Venezuela. Además trabajan apostólicamente en catequesis, Casas de ejercicios, Guarderías, y en la evangelización en parroquias y escuelas.

Fue beatificada en Roma por el Papa Juan Pablo II el día 29 de enero de 1995, sus reliquias reposan en la Casa Generalicia en Zaragoza y su memoria litúrgica viene celebrándose el 4 de enero.

MAXIMAS DE SANTA GENOVEVA TORRES

Hay que amar a Dios en todas las cosas agradables y desagradables: y si están envueltas en sufrimientos, tanto mejor. El amor sin sufrimiento es sospechoso. El amor todo lo hace fácil.

Si miro a Jesucristo en la cruz, todo sufrimiento me será sabroso. Pediremos la gracia de llevar con valor y santa alegría las cruces que a Dios le plazca enviarnos y haremos esta petición en los momentos penosos a la naturaleza. Vayamos al pie de la cruz; si tenemos valor para ello, quejémonos.

El centro de la devoción al Corazón de Jesús, está en la Eucaristía. La práctica del amor a este Corazón está en la oración, la penitencia, y en adorarle llevando almas por esos medios para que le conozcan y le amen.

Siento que Jesús me llama desde el Sagrario; cuando por mis obligaciones no puedo acudir, procuro hallarle en las mismas obligaciones.

Debemos sacrificarnos mucho, practicando la caridad, que será reconocida por Dios nuestro Señor.

Si de veras amamos a Dios su recuerdo nos hará volar en el sacrificio y en la abnegación en aras de la caridad.

Revistámonos de los hechos de Jesús, que todos fueron de caridad, dulzura, amabilidad y sin distinción de personas.

Quien ama a María procura imitar sus virtudes y obsequiarla siempre. Madre de Jesús y Madre mía, en penas y tribulaciones acudiré a Ti. Me mostrarás a tu Divino Hijo y le amaré.

Seamos amables y cariñosas con las que tengamos que tratar y servir. Lo que se hace por Dios, debe caracterizarlo las virtudes que Jesús practicó: humildad, paciencia, afabilidad, dulzura... darnos todas para ganarlas a todas.

Sólo por la caridad y la mansedumbre llevaremos las almas a Dios.

La base de la caridad y de la unión es la humildad. Si somos humildes de corazón en todos nuestros actos, practicando la caridad por Dios, gozaremos de la paz del alma.

Darse a Dios de veras es lo único que da paz verdadera. Lo demás todo pasa pronto.
El tiempo corre hacia el sepulcro y vivimos neciamente si no vivimos para Dios.

Viviendo para Dios, seremos generosos con Él y con el prójimo.

Ofrezco a Dios todo, venga lo que viniere, todo lo permite el Señor.




Ángela de la Cruz
(María de los Ángeles Guerrero González)
Religiosa, virgen, fundadora de las Hermanas de la Compañía de la Cruz
Mayo 2003, canonización

Nació cerca de Sevilla el 30 de enero de 1846. Fue bautizada el 2 de febrero. Su padre, Francisco, era cocinero del convento de los Trinitarios y su madre Josefa costurera del mismo. Tuvieron catorce hijos de los que solamente seis llegaron a la mayoría de edad. Por la pobreza pudo ir poco al colegio, aprendiendo a escribir sin dominar la ortografía, algunas nociones de aritmética y catecismo. No obstante su pobreza no le impedía, desde niña y adolescente, a compartir los bienes que tenían en casa con los más pobres.
En casa aprendió a rezar el Rosario y a practicar en familia las oraciones del mes de mayo dedicado a la Virgen María. Con su padre acudía al rosario de la aurora y su madre se prestaba a ser madrina de los niños del barrio que lo necesitaban. Hizo la primera comunión en 1854 y fue confirmada en 1855.

Comenzó trabajos fuera de casa a sus doce años para ayudar a su familia como aprendiz en la zapatería Maldonado donde también se rezaba diariamente el Rosario y tuvo sus primeras experiencias místicas. Ella misma se puso a enseñar el oficio a otras niñas, como oficiala de primera, en una institución llamada “Las Arrepentidas”.

El canónigo que confesaba a Angelita, el Padre Torres, le ayudó a encontrar lo que Dios le pedía: ser monja. En 1865, acompañada de su hermana Joaquina, llamó a las puertas del Carmelo que había fundado en Sevilla Santa Teresa de Jesús, pero, a pesar de su gran capacidad para la vida contemplativa, no fue admitida porque no tenía suficiente salud para la vida tan austera del Carmelo. En 1868 entró como postulante en las Hijas de la Caridad del Hospital central de Sevilla, pero por su salud quebrantada fue trasladada a Cuenca por si le sentaba mejor aquel clima. En 1870 tuvo que dejar definitivamente a las Hijas de la Caridad a pesar de su entrega y fidelidad generosa.

Resignada a vivir como “monja sin convento” volvió a su trabajo y se sometió en obediencia a su director espiritual escribiendo todos los pensamientos y deseos de su alma, hasta que en 1875 ve en la oración el monte Calvario con una cruz frente a la de Cristo crucificado:“Al ver a mi Señor crucificado deseaba con todas las veras de mi corazón imitarle, conocía con bastante claridad que en aquella otra cruz que estaba frente a la de mi Señor debía crucificarme, con toda la igualdad que es posible a una criatura...”. En una ocasión, después de escuchar las quejas de los pobres que sufren, escribe al Padre: “Si para aconsejar a los pobres que sufran sin quejarse los trabajos de la pobreza, es preciso llevarla, vivirla, sentirse pobre... ¡qué hermoso sería un Instituto que por amor a Dios abrazara la mayor pobreza!”, recibiendo así la inspiración de fundar una “Compañía”.

En sus Papeles íntimos, páginas asombrosas para una mujer iletrada, con faltas ortográficas pero con una identidad cristiana y eclesial admirable, redactó su proyecto de Compañía, con una dimensión caritativa y social a favor de los pobres y con un impacto enorme en la Iglesia y en la sociedad de Sevilla por su identificación con los menesterosos: “Hacerse pobre con los pobres”. No quería hacer la caridad “desde arriba” sino ayudar a los pobres “desde dentro”. Escribía y lo vivía: “La primera pobre, yo...”.

El día 2 de agosto de 1875 el Padre Torres celebraba la Eucaristía en la iglesia del Convento Jerónimo de Santa Paula a la que asistían, con Ángela, que era terciaria franciscana, otras tres mujeres, Juana, Josefa y otra Juana, dispuestas a desentrañar el misterio de la cruz en la oración y en el servicio a los pobres. Acabada la Misa se trasladaron a vivir a un cuarto alquilado en la calle de San Luis, nº 13, en el que había una mesa, unas sillas y unas esteras de junco que servían de colchón y de almohada, un Crucifijo y un cuadro de la Virgen de los Dolores. Estaban naciendo las Hermanas de la Cruz.

La fundadora imprimió a su Compañía un ambiente de limpieza, de saludable alegría y de contenida belleza de tal forma que sus conventos tendrían esplendor a base de cal, estropajo, dos esterillas y cinco macetas. Su estilo sería el de mujeres sencillas, verdaderamente populares, apartadas de la grandiosidad, impregnando el aire de dulzura de tal forma que la gente agradecía aquel nuevo modo de querer a Dios y a los pobres.

Luego pasaron a la calle Hombre de Piedra, junto a la parroquia de San Lorenzo, donde ejercía el ministerio Marcelo Spínola, quien llegaría a ser el Arzobispo, llamado “mendigo”, recientemente beatificado. Empezaron a recoger niñas huérfanas de los enfermos a quienes atendían, por eso pasaron a otra casa más grande en la calle Lerena, donde ya pudieron contar con la presencia de la Eucaristía. Atendían a las personas que estaban solas y enfermas en sus casas. Con una mano pedían limosna y con la otra la repartían.

En 1879 el Arzobispo Fr. Joaquín Lluch aprobó las primeras constituciones de la Compañía de las Hermanas de la Cruz, en una síntesis de oración y austeridad, contemplación y alegría en el servicio a los pobres. Las Hermanas de la Cruz fueron extendiéndose por Andalucía y Extremadura, La Mancha, Castilla, Galicia, Valladolid, Valencia y Madrid, las Islas Canarias, Italia y América. En Sevilla se trasladarían a lo que después sería la Casa Madre en la calle de Los Alcázares.

En 1894 Sor Ángela, “madre Angelita” o simplemente “Madre” como se le llamaba ya en Sevilla, viajó a Roma para asistir a la beatificación del maestro Juan de Ávila y Fray Diego de Cádiz, pudiendo entrevistarse con el Papa León XIII, quien más tarde concedió el decreto inicial para la aprobación de la Compañía que firmaría en 1904 San Pío X.

En 1907 Sor Ángela asumió el gobierno y la responsabilidad de su Instituto religioso como primera Madre General, reelegida por cuatro veces. Aunque tenía fama de “milagrera”, destacaba por su naturalidad y sencillez.

En 1928 a pesar de la exposición iberoamericana, en Sevilla continuaba habiendo pobres y necesidades, por eso las Hermanas de la Cruz rondaban por los barrios más pobres, santificándose especialmente con la virtud de la mortificación, al servicio de Dios en los pobres, haciéndose pobres como ellos.

Sor Ángela aceptó la decisión del Arzobispo de no continuar siendo Madre General y se puso a disposición de la nueva, aconsejando a sus hermanas y a cuantas personas acudían a perdirle ayuda, atraídas por sus virtudes.

Las Hermanas de la Cruz, de entonces y de ahora, siguen a estrictamente las normas de mortificación establecidas por Sor Ángela: comen de “vigilia”, duermen sobre una tarima de madera las noches que no les toca velar, duermen poquísimo, pues quieren estar “instaladas en la cruz”, “enfrente y muy cerca de la cruz de Jesús”, renunciando a los bienes de este mundo y acudiendo sin tardanza donde los pobres las necesiten.

El 7 de julio de 1931 Madre Ángela tuvo una trombosis cerebral que, nueve meses después, la llevaría a la muerte. Estuvo paralizada de medio cuerpo pero continuó resplandeciendo en su virtud de la humildad, tratando de agradar y nunca molestar.

Después de una larga agonía y de haber recibido los últimos Sacramentos murió en Sevilla –en su tarima de dormir- el 2 de marzo de 1932. Sevilla entera pasó durante tres días enteros por la capilla ardiente hasta que, por privilegio especial, fue sepultada en la cripta de la Casa Madre. El Ayuntamiento republicano de Sevilla celebró una sesión extraordinaria para dar carácter oficial a los elogios de Sor Ángela y propuso que a la calle de Los Alcázares se le llamara de “Sor Ángela de la Cruz”, siendo aprobado el cambio de nombre por unanimidad.

Fue beatificada en Sevilla por el Papa Juan Pablo II el 5 de noviembre de 1982, su cuerpo incorrupto reposa en su capilla de la Casa Madre y su memoria litúrgica se viene celebrando el día 5 de noviembre.

TEXTOS DE LA MADRE ÁNGELA DE LA CRUZ

Yo conozco que no he empezado todavía este camino de sacrificio y que la víctima debe ser lo más hermoso del rebaño y yo soy una ovejita negra, la más negra del rebaño de su pastor.

Los medios para que esta ovejita alcance la hermosura de una víctima ya aceptada por Dios son cuatro: Obedecer, callar, sufrir y morir.

¿Qué les pasaría a los santos en su interior para que sus acciones fueran tan agradables a los ojos de Dios? Querría entrarme en el interior de uno para aprender.

Sí; eso es lo que yo ambiciono, amor y más amor, santidad y más santidad, perfección y más perfección.

Las virtudes que deben brillar más en mi son: la pobreza, el desprendimiento de todo lo terreno y la santa humildad...; a mí me quiere nuestro Dios desconocida de todo el mundo, de tal manera que no vez en mí otra cosa que una gran pecadora cubierta de deshonra y de ignominia. Quiere Nuestro Señor que yo baje tanto, tanto, que no haya otro estado tan bajo, tan despreciable, tan humillante a que yo no pertenezca. Y esto que siga hasta después de mi muerte.

Padecer lo que Dios nos mande muy conforme, sin desear otra clase de padecimientos, aunque no sean tan penosos. Padecer en silencio y sin quejarse. Padecer sin cansarme, deseando se aumente el penar. Padecer con alegría y paciencia inalterable, sin buscar alivio ni descanso ni consuelo, sino en la obediencia.

La primera pobre, yo... Me consideraré interina en el cargo, desearé sentir los efectos de la pobreza y me alegraré cuando los sienta; estaré pronta para dar todo lo que haya en las casas, teniendo abandono total en Dios y en su Providencia.

Son mendigas que todo han de recibirlo de limosna; sólo quedan con sus verdaderos hermanos los pobres, que son ya sus amigos, sus hermanos e hijos; y las pobres niñas que educan, las cuales no pueden darles puestos ni honores en la sociedad.

Hice también la resolución de servir a mis hermanos en la condición de criada, mirando en ellos sólo lo que tienen de Dios y también para predicarles con mi ejemplo; que no vieran en mí nada que pudiera hacer la virtud reprensible.

Mi corazón se multiplica para ser entero para cada uno de los pobres que se ven necesitados, y me ocupo de sus penas como mías.

María, nuestra amorosa Madre, será desde hoy nuestra Maestra, y nuestra Superiora y nuestra Hermana Mayor.

Jesús, María y José, ayudadme a obedecer.

Dios me hizo comprender lo que vale la humillación.

Hijas mías, nuestro país es la Cruz, que en la Cruz voluntariamente nos hemos establecido y fuera de la Cruz somos forasteras.



Maravillas de Jesús
(María de las Maravillas Pidal y Chico de Guzmán)
Religiosa, virgen, de la Orden de las Carmelitas Descalzas.

Nació en Madrid el 4 de noviembre de 1891, la menor de cuatro hermanos; fue bautizada a los ocho días y confirmada en 1896. Hizo su primera comunión en 1902. Sus padres, don Luis y doña Cristina, eran los marqueses de Pidal. Don Luis había sido Ministro de Fomento y en aquellas fechas era Embajador de España ante la Santa Sede. Fue educada en sus primeros años especialmente por su abuela materna, Patricia Muñoz, y ya desde niña experimentó una llamada a consagrarse al Señor en virginidad. Mientras estudiaba en casa, durante su adolescencia y juventud se dedicó a obras de caridad, ayudando a muchas familias necesitadas.

Leía frecuentemente las obras de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz y, cautivada por sus vidas y experiencias espirituales, decidió entrar en las Carmelitas Descalzas de El Escorial (Madrid) donde ingresó el 12 de octubre de 1919 recibiendo el nombre de Maravillas de Jesús. Con este motivo D. Pedro Poveda -que será canonizado juntamente con ella- le escribió una carta de felicitación, a la que contestó agradecida. Tomó el hábito en 1920 e hizo su primera profesión en 1921. Allí mismo, detrás de la celosía que da al sagrario de la Iglesia conventual, recibió en 1923 la inspiración de fundar un Carmelo en el centro geográfico de España, El Cerro de los Ángeles, donde se había levantado el monumento al Sagrado Corazón de Jesús.

El obispo de Madrid-Alcalá, Mons. Eijo y Garay acogió la idea y en 1924 la Hermana Maravillas y otras tres monjas carmelitas de El Escorial se instalaron provisionalmente en una casa de Getafe para atender desde allí la edificación del Convento. En esa casa hizo su profesión solemne el 30 de mayo de ese mismo año. En 1926 fue nombrada, por el obispo Eijo, priora de la comunidad y el 31 de Octubre se inauguraba el nuevo Carmelo de El Cerro de los Ángeles.

Como ya entonces acudieron muchas vocaciones, la Madre Maravillas vio en ello una señal de Dios para fundar nuevas “casas de la Virgen”. En 1933, a petición del obispo, misionero carmelita, Mons. Arana, fundó otro Carmelo en Kottayam (India) enviando a ocho monjas. A ella no le permitieron ir sus superiores.

Durante la persecución religiosa en España a partir de 1931 pasaba todas las noches muchas horas orando desde su Carmelo, contemplando el monumento al Sagrado Corazón, y solicitó y obtuvo permiso del papa Pío XI para salir con su comunidad, exponiendo sus vidas, si llegara el momento de defender la sagrada imagen, en caso de ser profanada. En julio de 1936 las Carmelitas fueron expulsadas de su Convento y llevadas detenidas a las Ursulinas de Getafe. Después se refugiaron en un piso de la calle Claudio Coello, 33, de Madrid, donde pasaron catorce meses de sacrificios, privaciones, registros y amenazas, deseando recibir la gracia del martirio. En 1937 la Madre pudo salir con su comunidad de Madrid y, pasando por Lourdes entró en España para instalarse en el abandonado “desierto” de Las Batuecas (Salamanca), que había podido adquirir antes de la guerra. Allí y a petición del obispo de Coria-Cáceres fundó un nuevo Carmelo. En 1938 hizo voto de hacer siempre lo más perfecto. En marzo de 1939 pudo volver a recuperar, totalmente destruido en la guerra, el de El Cerro de los Ángeles, donde fue elegida nuevamente priora. En este tiempo dio testimonio de fe, heroísmo y fortaleza, prudencia y serenidad y de una extraordinaria confianza en Dios.

Desde entonces y en muy pocos años realizó las fundaciones de otros muchos Carmelos: en 1944 el de Mancera de Abajo (Salamanca); en 1947 el de Duruelo (Ávila), cuna de la reforma carmelitana de San Juan de la Cruz; en 1950 traslada la comunidad de Las Batuecas, -cediendo este “desierto” a los padres carmelitas descalzos-, a Cabrera (Salamanca); en 1954 el de Arenas de San Pedro (Ávila); en 1956 el de San Calixto, en la sierra de Córdoba; en 1958 el de Aravaca (Madrid); en 1961 el de La Aldehuela (Madrid), en el que es elegida priora y en él vivió hasta su muerte; en 1964 el de Montemar-Torremolinos (Málaga).

Además, con hermanas de algunos de los Carmelos fundados por ella, ayudó en 1954 al de Cuenca (Ecuador), en 1964 al de El Escorial y en 1966 al de La Encarnación de Ávila, donde había entrado y vivido Santa Teresa de Jesús durante treinta años. En 1960, en Talavera de la Reina (Toledo), edifica un convento, también con iglesia de nueva planta, para los padres carmelitas descalzos. En su vida, además del P. Alfonso Torres, S.J. fueron sus directores espirituales el P. Florencio del Niño Jesús, O.C.D., y el P. Valentín de San José, O.C.D.

Desde el Carmelo de La Aldehuela, la Madre Maravillas, donde pasó sus últimos catorce años, continuó atendiendo las necesidades de todos esos Carmelos e, incluso desde la clausura, realizó una labor social como la construcción de viviendas prefabricadas y la ayuda en la construcción de una barriada de doscientas viviendas. A sus expensas hizo edificar también una Iglesia y un colegio. Sostuvo económicamente a distintos seminaristas para que pudieran llegar a ser sacerdotes, realizó una fundación benéfica para sostener a religiosas enfermas, compró una casa en Madrid para alojar a las carmelitas que tuvieran necesidad de permanecer algún tiempo en tratamientos médicos y costeó al Instituto Claune la edificación de una clínica para religiosas de clausura. En la iniciativa y desarrollo de estos servicios caritativos, que solía empezar sin medios económicos, confiaba siempre en la Providencia de Dios, que nunca le faltó.

Se sentía feliz de ser carmelita descalza, “hija de nuestra santa madre Teresa” y consideraba un tesoro la vida y los textos de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Siguiendo las directrices del Concilio Vaticano II, que aconseja la unión o asociación de monasterios de vida contemplativa, en 1972 obtuvo la aprobación de la Santa Sede de la “Asociación de Santa Teresa”, integrada por los Carmelos fundados por ella -y por otros que entonces se adhirieron- y, en 1973, fue elegida Presidenta. En los conventos en que vivió había sido elegida Priora de la Comunidad, -en total cuarenta y ocho años-, mostrando a la vez a sus hermanas caridad y firmeza, ánimo y consuelo, pidiendo siempre el parecer de las demás. Irradiaba paz y dulzura en sus palabras y gestos, de tal forma que quienes la trataron salieron siempre agraciados con su testimonio de amor Dios y de disponibilidad a la Iglesia como fiel hija suya.

La Madre Maravillas de Jesús es una de las grandes místicas de nuestro tiempo. Vivió una maravillosa experiencia de su unión con Dios, con una rica vida interior como se refleja en las cartas íntimas a sus directores espirituales, que sólo se han conocido después de su muerte. Pasó por la vivencia de “las noches” y por el gozo del amor profundo de Dios y de su respuesta de amor a Él. La capacidad de contagiar el amor de Dios le provenía de su unión con Él y de su gran capacidad y disposición para la oración. Expresaba: “Me abraso en deseos de que las almas vayan a Dios”. Durante toda su vida se entregó amorosamente al cumplimiento de la voluntad de Dios, y en la última etapa, ofreciendo su enfermedad y dando testimonio: “Lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera” solía repetir a sus hijas. Amó y vivió la pobreza y humildad heroicamente, infundiendo este espíritu en sus hermanas. Destacó también por su fidelidad al ideal teresiano.

Ya en 1962 había tenido un trastorno circulatorio del que se repuso. En 1972 sufrió un paro cardíaco del que se recuperó, pero su salud quedó ya muy quebrantada. En la solemnidad de la Inmaculada de 1974, recibió la Unción de los enfermos y el santo Viático. Murió, a los 83 años, en el Carmelo de La Aldehuela, el 11 de diciembre de 1974, rodeada de sus hijas y repitiendo: “¡Qué felicidad morir carmelita!”.

Fue beatificada en Roma por el Papa Juan Pablo II el día 10 de mayo de 1998, sus reliquias permanecen en la Iglesia del Carmelo de La Aldehuela (Madrid) y su memoria litúrgica se viene celebrando el 11 de diciembre.

TEXTOS DE LA MADRE MARAVILLAS DE JESÚS

Yo no quiero la vida más que para imitar lo más posible la de Cristo.

He tomado a la Virgen Santísima por Madre de un modo especialísimo y ella es la encargada también de prepararme y ampararme.

Me pareció entender que no era lo que le agradaba a Dios lo que fuera mayor sacrificio, sino el cumplimiento exacto y amoroso de su voluntad divina en sus menores detalles, y como quería fuese muy delicada en este cumplimiento, que me llevaría muy lejos en el sacrificio y en el amor.

Hace tiempo que no me cuestan las cosas que quiero hacer por el Señor como antes me costaban, ni nada de lo que Él me envía, por doloroso que sea, porque viendo que es su voluntad, ya es de veras la mía sin esfuerzo alguno.

Me da el Señor tal deseo de amarle, que no sólo durante el día no puedo pensar en otra cosa, quedándose todas las cosas de la vida como por fuera.

Quisiera yo poder, a costa de cuanto fuera necesario, transformar las ofensas que en el mundo se cometen, en gloria, amor y consuelo para el Corazón de mi dulcísimo Jesús. ¡Quisiera tanto amarle de veras y glorificarle! A pesar de mi pobreza me da el Señor un vivo deseo de esto, de borrar, si pudiera, todas las ofensas que se le hacen y de sufrir, pareciéndome esto lo más deseable de este mundo.

Si no me concede la gracia tan inmerecida de poder dar la vida por Él, que es mi mayor deseo, quisiera emplearla toda en sufrir cuanto pudiera por su amor.

Yo quiero a todo trance santificarme, entregar, pero de veras, toda mi nada al Señor.

Estoy contentísima con la idea de hacer así el conventico como los pobres, es decir, como lo que somos. A mi Cristo le gusta que lo hagamos con pobreza, y a mí también....

Da una devoción este trabajar como los pobres. Es que trabajar para ganarse la vida es dulcísimo para el alma y durillo para el tonto cuerpo.

Me figuro que estarán entusiasmadas con el Concilio, ¡qué hermosura y qué felicidad ser hijas de la Iglesia!

¡Lo que Él quiera! Si él no lo quiere, ¿para que vamos a quererlo nosotras?

Hermanas, quisiéramos abarcar el mundo entero, pero como esto no es posible, que no quede sin atender nada de lo que pase a nuestro lado.

La corona no es de los que comienzan, sino de los que perseveran hasta el fin. Esta vida se pasa volando, y lo único que vale es lo que hagamos para la otra.

¿Miedo a la muerte? Si la muerte no es más que echarse en las manos de Dios.

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